Cómo encaran los países con sistemas públicos de salud el reto de la Hepatitis C

La Hepatitis C, considerada por especialistas "la pandemia silenciosa del milenio", es un mal que afecta a un 3% de la población mundial. En algunos países, incluso muchos del mundo desarrollado, este porciento resulta mucho mayor. Esta enfermedad, asintomática en la mayoría de los casos, es provocada por un virus que se aloja en el hígado y que causa su lento deterioro; en muchos casos sobre un período de hasta 30 años, derivando en fibrosis o cirrosis hepática. El primer gran problema que enfrentan los sistemas mundiales de salud ante esta enfermedad es la detección temprana, que implica técnicas costosas en análisis de detección.
El segundo problema para combatir esta enfermedad radica en una característica muy peculiar de este virus, que lo hace muy similar al del HIV: Su capa externa es capaz de recombinarse cada ciertos períodos de tiempo, haciendo que los anticuerpos sean incapaces de combatir el virus. El tratamiento estándar para combatir esta enfermedad es un ciclo de entre seis meses y un año de interferón pegilado y ribavirina - en otros países éstos medicamentos pueden tener otros nombres, y también son costosísimos. La mayoría de los países -no del primer mundo- donde existen sistemas de salud controlados totalmente por el estado, no ofrecen casi ninguna información a la población sobre este problema. Resultan muy costosos la detección, los tratamientos y los medicamentos y muchos de los gobiernos de éstos países simplemente optan por omitir o no divulgar este tipo de información.
La Hepatitis C, antes de ser descubierta, era denominada "no B no A". Raramente se transmite por contacto sexual, al contrario de la Hepatitis B (considerada una enfermedad venérea). Entre los grupos de alto riesgo de Hepatitis C están todas las personas que recibieron transfusiones sanguíneas sin la debida detección en los paquetes de sueros (principalmente antes de 1990, cuando este virus fue descubierto), y los usuarios de drogas intravenosas que comparten las agujas.
Aún hay países como Cuba donde no se realizan pruebas de este virus en las donaciones de sangre, excepto quizás en menos de tres o cuatro hospitales de la capital. No sólo el sistema no ha sido capaz de ofrecer un alivio a este gran problema, sino que, (lo que resulta aún más peligroso) ni siquiera se le informa a la población sobre este mal.
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